Ignacio Escañuela Romana
Agustín de Hipona lo afirmó con claridad: «para que hubiera un comienzo, fue creado el hombre, antes del cual no había nadie» (Initium ut esset, creatus est homo, ante quem nemo fuit, De Civitate Dei, XII, 20). Con cada hombre se inicia de nuevo e inevitablemente la posibilidad de la libertad. A pesar de todas las leyes de la necesidad histórica de Hegel y todos los artefactos humanos creados para atrapar su acción. Incluso ante la progresiva racionalización que Max Weber predijo. Aunque mucha de la voluntad de poder de Nietzsche sea capaz de afirmarse, o el hombre sea ese ser finito y limitado de Heidegger.
Frente a los totalitarismos del siglo XX, que responden a un hombre perdido de sí mismo, incapaces de realizar algo más que violencia por el poder.
En fin, ante la soledad y la adversidad. Siempre esa libertad es, como una posibilidad y como tal ya un hecho.
Grossman lo expresa en Todo Fluye, «la aspiración innata del hombre a la libertad es invencible; puede ser aplastada pero no aniquilada.» Hay algo pues que se alza ante nosotros mismos, y es esa acción de ejercer esa especie de instinto, irreflexivo, irreverente, inesperado, que procede de la capacidad de pensar cada uno por sí mismo.