Ignacio Escañuela Romana
Agosto 2024
En el arte añoramos la universalidad y eternidad, pero somos hijos del tiempo y la cultura. El objeto muestra ser histórico, a pesar de que el sujeto busque ese valor absoluto que es su objetivo. Sin embargo, una conciencia excesiva de esa corriente histórica nos llevaría a la esterilidad de expresar el momento que tiene mucha mayor realidad que cualquier representación intencional que pueda yo hacer. Añoramos, entonces, ese significado que nos trasciende, pero no podemos dejar de ser hombres y estar como productos del tiempo histórico. Buscando lo eterno, nos quedamos en lo temporal. Intentando ser algo sublime, permanecemos como hombres. Lo demás es nada.
El hombre es, así, el ser que se expresa a sí mismo: manifiesta, para sí, la misma existencia. Cuando traza la obra de arte no conoce bien, jamás, su objeto y validez. Se le coloca, frente al mismo creador, como algo oculto. ¿Cómo es posible que cree posibilidades de imposible comprensión?. Quisiéramos escaparnos de nuestra finitud creando algo con validez universal y eterna pero justo cuando lo creamos dejamos de comprenderlo, pues adquiere vida propia. Escapa de nosotros.
Curioso que el valor sea un ente existente y enfrentado, a pesar de que es propiamente humano, en medio de un mundo no humano y anómico. Creamos la realidad axiológica de significados sólo para constatar que dejamos de comprenderla. Es la paradoja de ser hombre.